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De la calle Florida a tocar con Roger Waters en River
Un dúo de artistas callejeros muy particular. Uno, guitarra eléctrica en mano; el otro, con tachos plásticos deleitan con su música en la peatonal.

Recorrer la calle Florida, en el centro neurálgico de la Ciudad de Buenos Aires, es algo así como transitar una gran Torre de Babel, donde, mientras uno camina, se pueden escuchar hablar innumerables lenguas alrededor, pero hay una sola de ellas para la que no es necesario la utilización de traductores, japoneses, portugueses, italianos, ingleses, kazajos o burundeses, todos, absolutamente todos, se emocionan o aplauden cuando oyen una melodía musical que les agrada.
 
Eso ocurre todos los días en la peatonal que es el sello distintivo de la megalópolis cuando Sebastián Zoppi y Damián Salazar se plantan en el escenario callejero para hacer lo que más les gusta y saben, música.
 
La historia de estos chicos, que recién están saliendo de la adolescencia, no dista demasiado de lo que les ocurre a muchos de nuestros muchachos, que provienen de familias con necesidades y que se vuelcan a las artes: hacen lo imposible por tratar de sostener su vocación. El camino es largo y no todos logran poder vivir haciendo lo que les apasiona.
 
Sebastián y Damián tocan juntos, con altibajos, desde hace aproximadamente un año, en el circuito callejero de la calle Florida. Cuentan, casi al unísono, que ni bien se conocieron hubo una alquimia mágica que hizo que este grupo funcionara de inmediato. Cualquiera que camine por esa peatonal porteña podrá verlos “zapar” hasta el éxtasis.
 
BuenaFuentedialogó con el dúo para conocer un poco más en profundidad algunos aspectos de sus carreras artísticas y sus vidas.
 
Cuando el peatón se topa de frente con este dueto, lo primero que piensa cuando los ve y los escucha, es que son chicos surgidos de algún conservatorio de música que quieren hacer “la gorra” para pagarse los estudios.
 
Nada de eso, tanto Sebastián como Damián confiesan su condición de autodidactas, quienes perfeccionaron su técnica musical gracias a Internet. En este sentido, Zoppi, el “tachobaterista” del grupo, obtuvo una full beca para estudiar en CAEMSA (Centro de Altos Estudios Musicales), donde espera salir con  la formación necesaria como para sustentar con conocimiento ese don innato para ejecutar su “tachobatería”.
 
Estos dos músicos post adolescentes se conocieron a través del cafetero que recorre a diario la peatonal Florida, donde uno tocaba solo en una punta y el otro hacía lo propio en la otra.
 
“Los comienzos fueron muy duros, cuando arranque lo hice con dos tachos a los que les pagaba de cualquier manera, me ha llegado a salir sangre de las manos”, confiesa Sebastián, quien estuvo a punto de abandonar la pasión por la batería hasta que un día una persona le puso 10 pesos en la gorra, “mi mamá como cocinera ganaba 8 pesos la hora y a mi un cubano me dejó 10 mangos, ahí me hizo click la cabeza”, dice. “De a poco -continúa su relato Sebastián- fui perfeccionando la técnica, empecé a armar ritmos, muchos me acercaron buenos consejos, y de a poco me fui soltando, y por supuesto espero seguir aprendiendo”.
 
Damián Salazar, huérfano de padre desde los 10 años, agarró algo parecido a una guitarra a los cinco años, “vengo de una familia muy humilde -dice- y como no había para comprar una guitarra, entonces destripé una raqueta de tenis y con una lata de galletitas armé lo que para mi era la mejor viola, y encima hecha por mi -se ríe mientras cuenta la anécdota-”.
 
La primera guitarra, una criolla, se la compró a los 12 años con los primeros pesitos que ganó trabajando con su abuela en una panadería: “no entraba en mi cuerpo del orgullo que sentía”, se confiesa Damián.
 
De la calle Florida al Monumental
 
Transcurría el 7 de marzo, día en el que Damián cumple años, cuando recibe el llamado de un productor de Roger Waters para invitarlo a una actividad que el músico iba a desarrollar en la Villa 31, “no lo podía creer, estaba el Hurlingham y dos horas más tarde me encuentro con Roger, parecía un cuento de hadas”.
 
“Nosotros hicimos lo que sabemos hacer, parece que eso llamó la atención de los músicos de Pink Floyd y ahí mismo nos invitaron a hacer la prueba de sonido en River antes del recital”, cuenta hoy Damián y aun se asombra al hacerlo.
 
La experiencia de hacer sonar el primer acorde en el Monumental aún retumba por las cabezas de estos chicos que el día anterior se encontraban tocando en la calle y a la gorra.
 
“Estaban todos los Pink Floyd juntos en el escenario y tocamos The Wall con ellos, lo contamos y no lo creemos, por suerte está todo en YouTube”, se ufanan los protagonistas de la historia y no es para menos.
 
Cuando Sebastián se sentó en la banqueta en medio de la batería de Nick Mason no pudo creer que la misma fuera de oro, el chico venía de pegarle a tachos plásticos de pintura y de buenas a primeras se encontró frente a un instrumento que lo apabulló  ni bien agarro los palillos y escuchó cómo sonaba ese golpe en todo River.
 
Algo parecido le ocurrió a Damián cuando Roger Waters lo invitó a agarrar una de las tantas guitarras que el músico tenía preparada para el recital. “Roger me hizo un cabezazo -cuenta Damián- y con un gesto me dijo que agarre una viola y tocara, casi me hago encima”.
 
Estos muchachos, que una vez tuvieron su día de suerte, son conscientes y tienen los pies sobre la tierra, como en el cuento cuando la carroza de oro se convirtió en calabaza, al día siguiente volvieron a tocar en la calle Florida a la gorra con los tachos plásticos, y así lo siguen haciendo día a día.
 
El peor enemigo de los artistas callejeros es el clima, el frío extremo y la lluvia no perdona; les ha pasado que de un mes entero sólo pudieron trabajar algunos pocos días, eso impacta directamente sobre los bolsillos pues viven de los pesos que dejan los transeúntes y dividen en partes iguales.
 
Un buen día pueden quedar en la gorra 500 pesos, para eso hay que tocar entre cinco y siete horas, la excepción se dio una vez que una señora dejó, sin hacer comentarios, 700 pesos en la saca de Sebastián, esa jornada llevó a casa 1500 pesitos.
 
Para estos músicos callejeros el día termina, en invierno cerca de las 20 horas y en verano, cuando la noche se hace esperar, cerca de las 22, momento donde se dividen la recaudación, cada uno junta su instrumento, el equipo de amplificación de sonido y rumbean para sus casas, el tren de la línea San Martín que va a Hurlingham en el caso de Damián y el Ferrocarril Mitre que pasa por Vicente López para Sebastián, para al día siguiente y, si el tiempo lo permite, volver a deleitar a los que caminan por la peatonal más famosa de la Argentina.
 
Los chicos se comunican a través de sus Facebook personales, Sebastián Zoppi y Damián Salazar.
 

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sobresobre
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